Querido tú.
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No me hubiera imaginado que después de todos estos meses las cosas habrían acabado así. Así de apagadas, cual cigarrillo pisado. Llevo arrastrando el sufrimiento el suficiente tiempo como para acabar agonizada. No puedo evitar sentir culpa de todas las cosas que hice mal. Cada día me despierto con la esperanza de volver a empezar sin caer en las mismas tentaciones. Cada mañana significa una nueva oportunidad de reinventarse, de dejar ese dolor atrás. Pero no es nada fácil perdonarse a uno mismo. No es fácil olvidar, y ahora sé que el tiempo no cura, si no que distancia. Sé que lo que he vivido en cierto modo me ayuda a madurar y a darme cuenta de las cosas que realmente importan. Que no estamos aquí eternamente. Cada segundo que pasa es uno más sumado al tiempo que he perdido defraudada conmigo misma. Me gustaría mirar al presente, sonreír siempre, sentirme contenta con cada cosa que hago. Pero tengo miedo de que todo se vuelva a repetir. No quiero volver a pasar por lo mismo. Cada vez que me acuesto maldigo todas las decisiones que he tomado sin pensar en las consecuencias. Pero lo peor de todo es que en su momento fui feliz. Ya no recuerdo aquella rutina de sonreír y estar satisfecha conmigo misma. Es como si mi "yo" del pasado y mi "yo" del presente fueran personas totalmente distintas que ansían conocerse. Me gustaría volver atrás y preguntarme a mi misma cuál era la clave para verlo todo tan sencillo. Pero sé que es imposible. Suelen decirme que no se puede borrar el pasado. Que es imprescindible, ya que todo lo que hemos vivido forma parte de nosotros y que cada experiencia resulta enriquecedora, cada suceso te aporta algo. Pero no me lo puedo creer. O quizás es que no me lo quiero creer.