Las casualidades son las grietas del destino.

Su corazón palpitaba con cada vez más rapidez. Resultaba contradictorio, porque a juzgar por su apariencia, más bien parecía haberse quedado en un estado de "shock" mental. Había visto a alguien con quien nunca hubiera pensado que se volvería a topar.
 -¡Deprisa, escóndeme!- Claudia no podía aguantar la presión de aquella situación, mientras que su amiga Penélope no entendía lo que estaba sucediendo.
 -¿Claudia, por qué te escondes?
-¡Calla, Pe! ¡No digas mi nombre o me descubrirá!
Se precipitó hacia el suelo, haciendo un amago de esconderse bajo una mesa. Justo en ese momento su media quedó enganchada a una pequeña espina, con el resultado de su total desgarramiento.
-Mierda, ¡estoy más que ridícula!
No se dio cuenta de que había elevado considerablemente el tono de voz, por lo que Carl se percató de su presencia.
-Claudia, ¿qué haces aquí? Pensé que nunca volvería a verte. Vaya, estás....¡Cambiadísima!
Claudia pudo observarle de frente, quedando anonadada. Estaba cien mil veces más guapo que la última vez. El tiempo había actuado a su favor. Quiso decirle lo impresionada que le había dejado, pero las únicas palabras que pudo articular fueron:
 -Tú no has cambiado en absoluto.
Deseó fervientemente no haber acudido nunca a aquella floristería. El destino le estaba jugando una mala pasada, y cuando parecía que todo en su vida parecía ordenarse, allí aparecía él, con su imborrable sonrisa de quinceañero, recordándole los viejos tiempos.
Sumida en sus pensamientos, no se cató de que Carl seguía ahí, intentando entablar una conversación con ella, después de tantos años sin intercambiar palabra.
-Bueno, aun no me has dicho que te trae por aquí...
-Oh, claro, perdón. He venido con mi amiga Penélope para comprar flores.
Penélope se encontraba en un segundo plano, a lo lejos, observándoles con aire curioso.
-Vaya, yo también he venido a comprar flores. ¿Es raro eh? Nadie se habría imaginado que en una floristería se compran flores.
Claudia rió, nerviosa. Seguía bromeando, a su manera, y no le gustaba nada recordar que él había sido quien le había sacado una sonrisa en sus días tristes de adolescente.
-Y...¿Para que querría flores un tipo como tú?
-Estoy preparando una boda.
Claudia sintió que el mundo se le echaba encima, mientras que el alma se caía a sus pies.
-¿Te-te-te casas?
-No, son para la boda de mi hermana. ¿Recuerdas aquel tipo, Brian?
-Sí, era un completo idiota.
-Verás, ha cambiado lo suficiente como para que se le pueda llegar a considerar una persona...Decente. Ya no es el tipo que era. Mi hermana se dio cuenta hace tiempo, y decidió conocerle más a fondo. Al final del aprecio han pasado al amor. ¡Y menudo amor! Son un par de tortolitos.
-Qué envidia ...
-¿Cómo puedes envidiar algo que nunca has tenido?
Claudia se quedó perpleja ante esa pregunta. Lo estaba volviendo a hacer. Estaba volviendo a indagar en las entrañas de su corazón.
-Yo no diría que nunca he saboreado el amor verdadero. Bueno, al fin y al cabo, quizás no fue verdadero, es más, si lo hubiera sido, no estaríamos aquí, en este lugar, hablando como amigos.
Carl entornó los ojos, cansado de una historia que llevaba arrastrando a espaldas demasiado tiempo.
-¿Claudia, qué nos ha pasado?
Ella no supo que responder. No quería responder. Quería olvidarse de su pasado para poder asegurarse un buen futuro. Pero le costaba tanto mirar a Carl a los ojos y que sentimientos guardados bajo llave no volvieran a aflorar...Era tan difícil. Hizo acopio de valor, y decidió plantarle cara a Carl. Quiso dejarle claro que ya no le pertenecía. Él le había hecho daño, y aunque su corazón le dictaba lo contrario, no quería volver a caer.
-Carl, ¿nunca has oído eso de las mariposas en el estómago?
-Sí...Es algo que se dice cuando se está enamorado.
-Pues las mías, están muertas Carl. No lo intentes, no funcionará.
Y sin más, Claudia se marchó, dejándole allí plantado, sabiendo que se arrepentiría de haber dejado pasar aquel tren, sabiendo que se arrepentiría de haberse quedado en el andén por miedo al viaje.