"Y si algún día me cruzo con Merlín, le daré las gracias por haberlo puesto en mi camino"


Mi amiga Alina es una de esas personas peculiares que pocas veces te topas en la vida. Diría que para encontrarte con este tipo de gente es necesaria una gran proporción de suerte mezclada obviamente con una notable pizca de casualidad. Aquel verano, en aquel campamento internacional, algo, alguien, la puso en mi camino. Solía pensar que me recordaba a un pajarillo. A veces se quedaba contemplando conversaciones ajenas, las cuales al no ser en ruso, resultaban mayoritariamente incomprensibles a sus oídos. Por eso no la consideraba indiscreta. Creo que tan solo le resultaba agradable la fluidez de palabras para ella desconocidas, pero melódicas. Otras veces charlaba con sus pocos amigos con los que compartía lengua materna. Aun así, rara vez intervenía de manera continuada en una conversación. Me resultaba bastante reservada. Bueno, estos factores son cosas que me llamaban la atención, pero he de deciros la principal razón por la cual me fascinó tanto. Alina demostró ser la persona más amable que jamás conocí. Desde el primer día se ofreció a hacer por nosotras tareas que percibía que nos desagradaban. Parecía conocer nuestros puntos débiles, aquello que más nos disgustaba, que nos iba dificultando el día a día. Ella siempre se fijó en todos esos detalles y nos ayudó, especialmente a mi, en todo lo que pudo. Desde el primer momento sentimos simpatía la una por la otra.