Te paras, analizas tus sentimientos. Te encuentras en uno de esos momentos en los que no sabes qué hacer, por dónde tirar, dónde encontrar la solución. Quizás sea demasiado tarde para luchar, la batalla ya está perdida. Quizás el momento en el que tuviste la ocasión de recuperar lo que es tuyo, no fue el oportuno, o simplemente, no te creíste a tiempo que era una oportunidad de cambiar.
Es difícil saber qué nos depara el destino, qué camino hemos de elegir, cuál nos va a ayudar a formarnos, a crecer, y cuál nos va a conducir a una rotonda interminable, de la que nos hará falta salir algún día, pero...¿Quién sabe cuándo seremos capaces de dar el paso?
Al final uno se deberá de dar cuenta de una cosa muy importante. Muchas veces, nos ocurren desgracias, de mayor o menor importancia, pero que nos afectan, nos tocan de manera muy profunda el corazón. En muchas de esas ocasiones, nuestra primera reacción es de rechazo. ¿Por qué a mi? ¿Por qué tengo que pasar por esto?
Pero de lo que no nos damos cuenta, es que a veces, esto son lecciones de la vida, regalos, que por el feo embalaje, nos hacen dudar. Los ángeles, deciden disfrazarse de brujas. A base de la experiencia, uno aprende a saber lo que es un regalo y lo que no, sin tener en cuenta el embalaje. Aprende a aceptar lo que le pueda venir, lo que pueda ocurrir. Esto no es nada fácil, porque no va a venir nadie que te diga: ¡Eh, tú! ¡No te preocupes, al final todo saldrá bien! No, de esto, debemos darnos cuenta nosotros. En eso consiste. Que aunque la vida no nos sonría, no sabemos lo que el mañana nos puede traer, por muy desagradable que nos resulte el día de hoy.