No me iré sin decirte a dónde voy.

-¿Sabe, señora Blanchard? Tengo que decirle..
-¿Qué?
-Tengo..., ¿cómo decirlo? Una duda...
-¿Una duda, señor Greenmor? ¿Sobre qué?
-Bueno, lo cierto es que dudo mucho que sea usted una buena cristiana.
Se quedó inmóvil, muy ofendida, y luego se echó a temblar, roja de ira.
-¡Cómo se atreve!
-Creo que no obedece usted los preceptos de Jesús...
-¡Por supuesto que sí!
-No soy especialista en el tema, pero...No recuerdo que Jesús dijera "Amadme". Por el contrario, estoy seguro de que dijo: "Amaos los unos a los otros".
Me miró en silencio con la boca entreabierta, completamente estupefacta. Grogui.
Permaneció así largo rato, petrificada, mirándome con sus grandes ojos abiertos. Me pareció casi enternecedora y, al final, terminé sintiendo compasión por ella.
-En cambio -añadí-, reconozco que sigue usted los preceptos de Jesús cuando ordena "Ama al prójimo como a ti mismo".
Su mirada se tiñó de incomprensión. Seguía en silencio, desconcertada, cada vez más conmovedora. Puse mucho tacto de mi parte y le pregunté con sinceridad:
-Señora Blanchard, ¿por qué no se ama usted a sí misma?